Hay una frase que Santi Siri tiró al pasar en esta charla y que me quedó dando vueltas varios días: «ojo al piojo, porque te puede dejar sin laburo».
No la dijo con tono apocalíptico. Al contrario. La dijo justo después de contar que a él, que vive de esto, también le cuesta el cambio de cabeza. Que es contraintuitivo. Que dejar el Excel y el WhatsApp para pasarle tareas a un agente es raro hasta para el que se dedica a la tecnología.
Y ahí está la parte incómoda del asunto. Si a alguien que investiga inteligencia artificial todo el día le cuesta, imaginate al resto. A los que llevamos años haciendo un trabajo que funciona, que da resultado, que paga las cuentas, y que de golpe empieza a valer un poco menos cada mes sin que nadie nos avise.
En este episodio del podcast hablamos con Santi de trabajo, de empresas, de educación, de sus hijas y del lugar raro que ocupa Argentina en todo esto. Te dejo acá lo que más me movió el piso.
El estudio que mide el costo del atajo
Santi trajo un dato que conviene mirar de cerca. Un estudio hecho en China, difundido por The Economist, siguió a 26.811 estudiantes secundarios durante 30 meses. Compararon a los que usaban chatbots para hacer la tarea contra los que no.
Los resultados son de esos que te obligan a frenar.
Los chicos que usaban inteligencia artificial sacaban mejores notas en las tareas: subieron en promedio un 18%. Además tardaban menos, de 64 minutos por tarea bajaron a 45.
Hasta ahí, todo bien. El problema apareció en los exámenes presenciales, sin ayuda. Ahí esos mismos chicos rendían un 20% peor que los que habían hecho la tarea a pulmón.
El paper se llama «The Generative AI Learning Penalty». La penalidad de aprendizaje.
El detalle que casi nadie menciona
Y acá viene lo que para mí es la parte importante, la que casi nadie levanta cuando comparte este estudio.
Las peores notas no se repartieron parejo entre todos los que usaban IA. Se concentraron en los que terminaban la tarea más rápido. Los que la usaban para sacarse el trabajo de encima sin fricción.
Los que le dedicaban el mismo tiempo que antes, pero con la herramienta al lado, no pagaron ese precio.
Fijate que esto no habla solamente de chicos y de escuela. Habla de vos y de mí.
Porque la forma más común en que un profesional adulto usa la IA hoy es exactamente esa: pegar el problema, copiar la respuesta, mandar. Tarea entregada, casilla vacía, siguiente. Y así se puede pasar un año entero usando IA todos los días sin haber aprendido absolutamente nada que te haga valer más en el mercado.
Terminás más rápido. Y quedás igual de reemplazable que antes, pero con menos horas de práctica encima.
Qué queda del lado humano
Le pregunté a Santi lo que me parece la pregunta del momento: si la inteligencia se está volviendo abundante y cada vez más barata, ¿qué capacidad humana hay que reforzar?
Su respuesta me sorprendió, porque no fue ninguna de las de siempre.
La administración de los secretos
Lo primero que nombró fue la capacidad de guardar secretos.
Suena raro dicho así, pero pensalo. Todos los sistemas del mundo se abren con claves. Las APIs, los bancos, las billeteras, la infraestructura entera. Y esas claves viven en la cabeza de una persona o en un lugar que una persona controla.
Santi lo llama el límite entre el mundo de la carne y el mundo de las máquinas. La IA depende de nosotros para acceder. Y los modelos nuevos, decía, se volvieron bastante rigurosos avisándote cuando estás por compartir algo que no deberías.
Es un límite chiquito, pero no es menor. Ahí hay una bandera clavada.
El criterio para leer los números
Lo segundo es el criterio. Y acá hay un ejemplo que me encanta usar porque se explica solo.
Santi mencionó un examen llamado ARC-AGI-3, que mide algo bien difícil de fingir: se mete al modelo en un juego que nunca vio, sin explicarle las reglas, y tiene que darse cuenta solo de qué significa cada cosa y resolverlo. Los humanos lo hacemos bien. Los modelos, hasta hace poco, lo hacían pésimo.
Cuando salió GPT-6 se publicó que había sacado 98,6%. Titular enorme. Llegó la inteligencia artificial general, dijeron varios.
Ahora, el número completo es otro. Con el sistema de prueba propio de OpenAI el puntaje fue de casi 100%. Con el sistema estándar que la fundación ARC le da a todos los modelos por igual, el mismo modelo sacó 62,7%.
Mismo modelo, mismos pesos, 37 puntos de diferencia. La diferencia no estaba en la inteligencia, estaba en cómo se le daba el examen.
Ninguna de las dos cifras es mentira. Las dos son reales. Pero el titular se quedó con una sola.
Eso es criterio. Y no lo tiene el que sabe más de tecnología, lo tiene el que aprendió a preguntar de dónde sale un número antes de tomar una decisión con él. Esa capacidad no se compra en una suscripción mensual.
Si estás en ese punto donde ves todo esto pasar y sentís que necesitás un plan concreto y no más titulares, en Pioneros IA trabajamos con profesionales que vienen de afuera de la tecnología para que puedan aplicar esto en su trabajo real y no quedarse mirando desde afuera.
La adaptación a lo desconocido
Y lo tercero que nombró Santi es lo que nos queda incluso cuando las máquinas resuelven el examen: la capacidad de adaptarnos a lo que nunca vimos, con muy poca energía, sin haber sido entrenados para eso.
Nuestro cerebro funciona con unos 30 watts. Una lamparita. Y encima tenemos un canal de comunicación no verbal enorme: los gestos, la distancia con la que nos sentamos, saber que nos vamos a morir, el contexto compartido. Todo eso es información que circula entre dos personas y que hoy no pasa por ningún chat.
Por algo, como dijo Santi, ninguno de los dos se imagina tomando un vino con una inteligencia artificial.
Las PyMEs tienen una ventaja que las grandes no tienen
Una de las partes que más me interesó de la charla fue cuando le pregunté por las empresas.
Santi fue claro: es más difícil incorporar inteligencia artificial en una empresa grande que en una PyME. La chica tiene una agilidad que la grande perdió hace rato. Y esa agilidad, ahora, se puede convertir en un arma.
Su idea concreta es tratar a los agentes casi como empleados más. Darles su propio correo, su propia computadora, su propio acceso. Y empezar a pasarles las tareas mecánicas: logística, atención al cliente, cumplimiento, papeleo. Todo eso que hoy se come las horas del equipo humano.
No para echar gente. Para que la gente pueda poner la cabeza en lo difícil.
Porque, como dice él, el vendedor sabe perfectamente que la venta no se cierra con un llamado en frío. Se cierra construyendo la relación. Y el que planifica un año sabe que los números te los puede analizar cualquier modelo, pero el rumbo lo pone una persona.
También contó algo de sus charlas con empresarios que me parece el termómetro más honesto del momento. Cuando pregunta quién usa IA, hoy levantan la mano casi todos. Hace dos o tres años levantaba la mano el 10%. Cuando pregunta quién paga por IA, todavía levanta la mano una minoría. Y ahí está la brecha real.
«Vamos a trabajar más, no menos»
Esta fue la frase que más me desarmó el guion que traía preparado.
La expectativa que circula es que la inteligencia artificial nos va a liberar tiempo. Santi piensa al revés: vamos a trabajar más, no menos. Y sobre todo, vamos a trabajar en problemas más interesantes.
Su argumento es histórico. Ninguna tecnología trajo nunca una respuesta final. No llegó la imprenta y se acabaron las preguntas filosóficas. Pasó exactamente lo contrario: las preguntas se multiplicaron.
Él lo vive como una especie de segundo aire creativo. Dice que hacía años que no tenía tantas ganas de construir cosas, y que su problema ahora es moderarse.
Y ojo con esto, porque es justo lo opuesto a la película del reemplazo. El que se queda afuera no es el que trabaja. Es el que se quedó esperando que esto pase de moda.
Criar hijos en el medio de todo esto
Santi tiene dos hijas, una de 10 años y una de un año. Y sacó una cuenta que me dejó pensando: en 2045, cuando algunos ubican la fusión entre la inteligencia humana y la artificial, su hija menor va a tener 20 años.
Se pregunta si a esa edad va a ser un cíborg. No lo dice como chiste.
Sobre la educación tiró algo que va a incomodar a más de uno: no cree que los pibes que usan computación sean más tontos que nosotros. Cree que son mucho más inteligentes. Cuenta que su hija de 10 lee más libros de papel que él, que está escribiendo una novela, y que no necesita que tenga linda letra para darse cuenta de que piensa bien.
Al mismo tiempo defiende la fricción. Dice que aprender requiere equivocarse, que ese roce es el que construye el pensamiento. Que Platón estaba en contra de la escritura porque atrofiaba la memoria, y la memoria nunca se atrofió: se puso al servicio de cosas más importantes que aprenderse la Odisea.
La pregunta que deja abierta es la buena: si ya no vamos a usar la cabeza para memorizar teléfonos ni para hacer cuentas a mano, ¿para qué la vamos a usar?
Conclusiones
Si tuviera que quedarme con una sola idea de toda la charla, sería esta: el atajo tiene un precio, y el precio se cobra después.
El estudio chino lo mide con chicos y exámenes, pero el mecanismo es el mismo en cualquier oficio. Usar inteligencia artificial para entregar más rápido te da un resultado visible hoy. Usarla para entender mejor te da algo que no se ve este mes, pero que dentro de un año te separa del resto.
La diferencia entre las dos cosas no es la herramienta. Es qué hacés con el tiempo que te ahorra.
Y ahí es donde aparece el criterio, que es lo que Santi señala como territorio humano y lo que, en criollo, define quién queda bien parado. No el que sabe más de tecnología. El que sabe qué preguntas hacer, de dónde sale un número, qué tarea conviene soltar y cuál no.
Esto nos toca a todos, a mí también. Nadie tiene esto resuelto. Lo que sí veo seguido es gente que espera a tener todo claro antes de empezar, y esa espera se paga carita.
Escuchá el episodio completo. Santi habla además de Proof of Humanity, de por qué la verificación de humanos se vuelve clave cuando convivís con millones de agentes, de renta básica universal y de por qué cree que Argentina esconde algunas claves para lo que viene.
Si querés dar el paso de mirar esto desde afuera a tener un plan concreto, pasá por Pioneros IA y sumate a la lista.
