Hace unos años, Mabel se subía a torres de telecomunicaciones. Las fabricaba, las montaba, hacía la obra civil. Después vino la pandemia y se reinventó vendiendo casas. Nada, pero nada, que tuviera que ver con la inteligencia artificial.
Hoy las empresas la llaman y le pagan para que les resuelva problemas con IA.
Y no, no aprendió a programar para llegar ahí.
Leída rápido, esa frase suena a promesa de vendedor. Pero cuando la escuchás contar el camino —con los casos reales, los domingos de trabajo, las cosas que se rompieron en el medio— deja de sonar a marketing y empieza a sonar a algo que vos también podrías hacer. Por eso nos sentamos a charlar con ella.
Porque seguramente hay una pregunta que te da vueltas en la cabeza: mientras otros se mueven, ¿cuánto valor estás perdiendo por quedarte quieto?
La inteligencia artificial no le quedó grande (y no es por la edad)
Mabel es ingeniera industrial. Durante años se dedicó a mirar los procesos de las empresas para hacerlos rendir mejor. Telecomunicaciones, infraestructura, mediación de conflictos sociales, real estate, construcción. Un recorrido que, visto de afuera, no apunta a la IA por ningún lado.
Cuando le preguntamos si alguna vez tuvo miedo de que esto le quedara grande, la respuesta fue tajante: nunca lo sintió así.
Para ella, la inteligencia artificial es parecida a una nueva revolución industrial. Cuando apareció el motor eléctrico, hubo que repensar todo lo que se hacía con el de vapor. Cuando llegó la computadora, lo mismo. Después internet. Cada salto obligó a mirar los procesos con otros ojos. Este es otro salto. Y la pregunta que se hizo Mabel no fue «¿esto es para mí?», sino «¿cómo no voy a querer ser parte?».
Acá está la primera idea para llevarte: tu experiencia no es un lastre, es la materia prima. Mabel no tiró a la basura sus años de procesos, de obra, de ventas. Los usó como base. La IA no le borró lo que sabía: le dio una forma nueva de aplicarlo.
Eso sí, no fue un fin de semana de tutoriales. Cuando se sumó a Pioneros y preguntó por dónde arrancar, la respuesta que recibió la sorprendió: leé la documentación oficial. Nada de un atajo mágico. Leer, frustrarse, volver a leer. Esa estructura, esa curva de aprendizaje que tanta gente esquiva, fue justamente la que la sostuvo.
Lo primero no es la IA, es el orden
Acá viene la parte que más desarma el humo.
Una de las pioneras de Pioneros, Alejandra, tiene una gomería en la zona oeste del Gran Buenos Aires. Cinco sucursales. Su marido, Walter, lleva más de veinte años en el rubro. Conocen su negocio de memoria. Pero el día a día era un caos: nadie sabía con certeza dónde estaba cada cubierta, se gastaba de más moviendo mercadería entre sucursales, y el teléfono no paraba de sonar con gente preguntando precios, porque con la volatilidad de los precios en Argentina no había forma de tener una respuesta fija.
Alejandra llegó pensando lo que piensa casi todo el mundo: «pongámosle un chatbot, pongámosle inteligencia artificial». Y Mabel le dijo que no. Todavía no.
Antes de automatizar, ordenar
La frase que mejor lo resume es de la propia Mabel: si automatizás un proceso mal hecho, lo único que conseguís es repetir el error más rápido.
Entonces lo primero no fue la IA. Fue el orden. Armaron una base de datos, dibujaron el flujo del proceso y lo volcaron en tableros. A las chicas del mostrador les pusieron paneles con los números que de verdad importaban: cómo venían respecto de la meta, un semáforo de rojo-amarillo-verde, y el stock en tiempo real. De repente el inventario dejó de ser un misterio y empezó a tener vida. Lo que decía la pantalla se podía cruzar con lo que había en el depósito.
El tablero que todos terminaron amando
Walter, al principio, lo miraba con recelo. Veinte años de oficio, ¿y viene alguien de afuera a enseñarle de lo suyo? Encima puso una condición clara: no cierro ninguna de mis sucursales. Así que durante varios domingos —el único día que la gomería para— se sentaron a trabajar. Cargaron a mano más de 250 artículos, cubierta por cubierta, cruzando stock con movimientos del día hasta que los números cerraron.
¿El resultado? Hoy nadie se mete con ese tablero. Las chicas del mostrador, el mecánico, cada sucursal: todos lo sienten propio. Pasó de ser una imposición a ser algo que defienden. Y eso no es un detalle menor: una herramienta que la gente no quiere usar es una herramienta muerta.
Recién ahí, la inteligencia artificial
Con el orden puesto, empezaron a aparecer las cosas interesantes. Mirando los datos, Mabel detectó que cada sucursal tenía un perfil de cliente distinto —en una se vendían más unas cubiertas, en otra otras—. Con eso, Alejandra pudo pedirle al proveedor que dejara cada cosa donde correspondía, en vez de bancar ella el costo de mover todo después. También entendieron la estacionalidad: comprar en los meses flojos, cuando el producto sale más barato, para llegar con stock a los picos.
Y sí, después llegó el chatbot. Uno solo para las cinco sucursales, que además permite sacar turno. Para la gente que no quiere perder horas esperando, sumaron hasta un servicio que pasa a buscar el auto por la casa, hace el trabajo y lo devuelve.
¿El impacto? Acá tengo que ser honesto con vos, porque es parte de cómo hacemos las cosas en Pioneros: no manejamos números medidos de este caso, así que no te voy a inventar un porcentaje. Lo que sí se ve es concreto. Alejandra dejó de trabajar de bombera —de estar todo el día contestando precios— para volver a ser la gerenta que su negocio necesita. Su hora de trabajo es la más cara de toda la empresa; recuperarla es plata. El gasto de mover mercadería entre sucursales bajó. Y el equipo quedó parado sobre una base mucho más firme.
Si estás leyendo esto y pensás que tu negocio o tu trabajo tiene un caos parecido —de esos que conocés de memoria pero no sabés por dónde empezar a desenredar—, en Pioneros IA trabajamos justamente eso: el criterio para saber qué tocar primero y cómo traducir tu experiencia en algo que rinda.
Vos no programás tu experiencia: la traducís
Hay una frase de Mabel que para mí es la llave de todo. Cuando hablamos de cómo entró a un negocio que no era el suyo, dijo: «yo soy tu traductora».
Pensalo. Ella no maneja una gomería. No tiene los veinte años de oficio de Walter. No sabe de cubiertas como ellos. Lo que hace es agarrar esa experiencia —que es valiosísima y que solo ellos tienen— y volverla tecnología. «Vos tenés la expertise, yo te la convierto en una base de datos, en un flujo, en un tablero.»
Y acá quiero que pares un segundo, porque esto te toca directo.
El miedo de quedar afuera casi siempre viene disfrazado de «yo no soy técnico». Como si para subirte a esto tuvieras que volver a la facultad a estudiar a programar. No. Lo que te falta no es código. Es el criterio para saber qué le podés delegar a la tecnología y cómo traducir lo que ya sabés. Y eso se aprende.
La inteligencia artificial no reemplaza tu experiencia. La repotencia. Si tenés criterio, te lo amplifica. Tus veinte años en tu rubro no caducaron: son exactamente lo que te falta para que esto valga la pena.
No esperes a terminar el curso para usar lo que aprendés
Hay otra cosa que dijo Mabel que conviene tatuarse: no se trata de llegar al último módulo, se trata de aplicar cada cosa que vas aprendiendo.
Alejandra, por ejemplo, resolvió el problema de las consultas de precios —ese teléfono que no paraba de sonar— con una sola herramienta que aprendió tempranísimo. No tuvo que terminar nada. Aprendió una cosa, la aplicó, y le cambió el día.
Eso no significa que haya atajos. Mabel lo dice clarito: para aprender de verdad hace falta estructura, no una serie de Netflix que mirás de corrido. Su comparación me encanta: si querés ser traductor de inglés, no te alcanza con una app de jueguitos. Hay un proceso, una curva, y hay que bancársela. La buena noticia es que esa curva tiene un camino. No estás solo tirándole flechas a la oscuridad.
Y acá está la urgencia, sin dramatismo ni cuento del miedo. No te estoy diciendo que mañana te reemplaza un robot. Te estoy diciendo algo más incómodo: mientras vos esperás el momento perfecto para empezar, hay gente con la mitad de tu experiencia y cero formación técnica que ya está cobrando por esto. Mabel es una. No es magia. Es haber empezado.
Lo que de verdad cambió en Mabel
Si me preguntás qué fue lo que más cambió en su historia, no fue que aprendió una herramienta. Las herramientas van y vienen.
Lo que cambió fue que dejó de mirar su experiencia como algo que se vencía. Empezó a verla como su mayor activo. Y desde ahí, todo lo demás —los tableros, los chatbots, los casos— fueron consecuencia.
Mabel es una pionera. Alejandra es una pionera. Son personas que un día se hicieron la misma pregunta que quizás te estás haciendo vos ahora: «¿qué pasa si no lo hago?». La diferencia es que no se quedaron esperando la respuesta. Se sumaron a una tribu que está reinventándose en serio, con método y sin humo.
Si esta historia te resonó, no la dejes pasar como un video más. Sumate a la lista de Pioneros IA y empezá a transformar tu experiencia en algo que te vuelva a poner adelante. El mejor momento para arrancar no es cuando te sientas listo. Es ahora, justo cuando todavía dudás.
