Hace un año y medio, Fernando no sabía bien qué era ChatGPT. Una amiga le contó que lo había bajado, a él le picó la curiosidad y empezó a preguntarse cómo hacía esa cosa para contestar todo.
Hoy tiene su propia consultora, armó un portal que le bajó a un asesor el tiempo de cada presentación de 2 horas y media a 15 minutos, y le construyó a su hermano una app de inventario para un negocio de tequila.
En el medio hubo noches enteras peleándose con la tecnología, una cuenta suspendida, una factura de 500 dólares que no esperaba y bastante síndrome del impostor.
En este episodio del podcast Inteligencia Artificial, Fernando, alumno de Pioneros IA, cuenta ese recorrido sin filtro. Lo que salió bien, lo que salió mal y, sobre todo, lo que cambió en la manera en que se ve a sí mismo.
Si alguna vez sentiste que llegaste tarde a la IA, o que esto es para ingenieros y no para vos, esta charla te va a servir.
Quién es Fernando y de dónde viene
Fernando tiene 49 años, es mexicano y vive en Querétaro. Trabajó como empleado apenas un año y medio en su vida. Todo lo demás fue emprender.
Tuvo un negocio de importación y distribución de fragancias, abrió un bar, vendió asados (le encanta el asado) y hace 26 años cofundó con su mamá un despacho de asesoría patrimonial y financiera. Más tarde armó con su hermano una empresa para difundir la cultura del tequila.
O sea, nada de tecnología. Él mismo lo dice: lo suyo eran las finanzas, las empresas y la comida. Que hoy le vengan a preguntar cosas de tecnología a él es algo que nunca se hubiera imaginado.
La curiosidad como punto de partida
Lo que sí tenía era curiosidad. Hizo unos cursos básicos de ChatGPT y enseguida empezó a pensar cómo llevar eso al despacho.
Su primer descubrimiento fueron los GPTs personalizados. Y la primera idea fue muy concreta: los productos financieros tienen mil recovecos, y un asesor sentado frente a un cliente no siempre los tiene todos en la cabeza. ¿Y si pudiera consultarlos al instante desde el teléfono?
Primer aprendizaje: la herramienta sola no alcanza
Fernando armó nueve agentes especializados. Cada uno sabía de un producto de seguros distinto, otro explicaba cómo se ganan los bonos y otro ayudaba a responder las objeciones típicas de alguien que tiene miedo de ahorrar: «¿y si me quedo sin trabajo?», «¿y si mi pareja no quiere?».
Se los presentó a su equipo de asesores convencido de que les acababa de resolver la vida.
No los usaban.
Detrás de la resistencia, miedo
Cuando rascó un poco, apareció lo de siempre: miedo. Tener que abrir una cuenta, no entender, sentirse torpe. «Mejor no hago nada».
Es algo que vemos seguido: en muchas empresas, la persona que más usa inteligencia artificial es el dueño, y al equipo le cuesta arrancar. Fernando lo destrabó con paciencia, rompiendo barreras de a poco. Cuando los asesores vieron que la herramienta les simplificaba el trabajo, se empezó a contagiar.
Después vino el paso siguiente. Antes de la pandemia entrevistaban a los clientes con un tríptico en papel. Después pasaron a un Excel, que en su momento a Fernando le pareció lo más tecnológico del mundo. Hoy el asesor abre un programa visual frente al cliente y arma la entrevista ahí.
Eso facilitó las entrevistas, facilitó los cierres y, de paso, le mostró al cliente que la persona que lo asesora está actualizada.
Videos con avatares: cuando el WhatsApp ya no alcanza
Uno de los casos más interesantes del episodio arrancó con un problema bien cotidiano. Un asesor tenía un cliente que debía renovar su póliza de gastos médicos y no le contestaba el WhatsApp. Otro tenía un prospecto de muy alto nivel y sentía que un mensaje no era la forma de acercarse.
La idea de Fernando fue cambiar el canal. En vez de otro audio u otro mensaje, mandar un video con un avatar del asesor, que el cliente puede ver cuando quiera. Realista o caricaturesco, según cómo sea cada cliente.
Armó un programa para crear esos avatares y empezó a hacer videos para algunos de los asesores más fuertes del despacho, entre ellos su hermano y su esposa.
La respuesta lo sorprendió. Un prospecto contestó con aplausos y preguntó cuándo se veían. Una funcionaria de muy alto rango, de esas personas que no tienen tiempo para nadie, respondió al video que le mandaron.
Fernando lo resume así: la herramienta es sencilla, lo poderoso es el enfoque. Y el enfoque sale de conocer el negocio desde adentro.
Si leés estas historias y pensás «yo tengo 20 años de experiencia en lo mío, pero no sé por dónde arrancar con la IA», eso es justo lo que trabajamos en Pioneros IA: partir de lo que ya sabés hacer y convertirlo en proyectos concretos con inteligencia artificial.
Lo que salió mal (y cuánto costó)
Este fue uno de los momentos más honestos de la charla. Cuando le pregunté si había tenido problemas, la respuesta fue: muchísimos.
Noches enteras perdidas. Discusiones a los gritos con ChatGPT, al punto de que su esposa subió a preguntarle qué le pasaba. Hoy Fernando se ríe: con el tiempo te das cuenta de lo ridículo que fuiste, pero tampoco hay que ser duro con uno mismo, porque es una frustración que nos pasa a todos.
La clave de la API a la vista
El error más caro fue este. Armó un portal web para una asesora, con un chatbot experto en finanzas personales para que sus clientes y prospectos pudieran hacerle consultas. Lo publicó en una URL… con la clave de la API expuesta en el servidor.
Alguien la encontró y la usó. A los pocos días le suspendieron el acceso a la API de Anthropic por uso indebido. Le llevó un mes y medio recuperar la cuenta. Y al mes siguiente le llegó una factura de unos 500 dólares por consumo que no había hecho él.
En ese momento todavía no había llegado a los módulos de vibe coding del programa, donde se ve justamente cómo evitar este tipo de errores. Hoy no le vuelve a pasar. Como dice él: le van a pasar otras cosas, pero esa no.
La lección no es «no lo intentes». Es que hace falta saber lo básico para no meter la pata en lo grave.
El cambio más grande: la mentalidad
Cuando le pregunté qué fue lo que más cambió, no habló de herramientas.
Habló de cómo se ve a sí mismo. Antes, frente a un desafío que se salía de sus capacidades, decía que no. Hoy sabe que muchas cosas se le siguen escapando, pero también sabe que puede investigar, probar y llegar a una solución.
«Me veo al espejo y me reconozco distinto». Esa frase resume el episodio.
El síndrome del impostor también le tocó
Fernando cuenta que cuando arrancó el programa no sabía que existía la mayor parte de lo que veíamos. Eso le generaba ansiedad. Quería automatizar procesos con n8n sin tener del todo claro qué era n8n.
Lo que lo destrabó fue entender que no hace falta saberlo todo. Que nadie lo sabe todo, porque esto cambia todo el tiempo. Que lo que sí hace falta es mirar tu propio trabajo y preguntarte qué no está funcionando bien y qué se podría hacer de otra manera.
Lo charlamos en el episodio: el síndrome del impostor lo vivimos todos, en cualquier ámbito. A mí me pasó hace casi ocho años, cuando arranqué a grabar este podcast y pensaba qué hacía yo grabando un podcast.
De usar la IA en su negocio a resolver problemas de otros
En algún momento Fernando dejó de aplicar la inteligencia artificial solo en el despacho y empezó a hacerlo para otras personas. Como dice él, abrís una puerta y adentro hay mil puertas, y adentro de cada una, mil más.
La dueña de tres estudios de Pilates
El primer cliente fuera de los seguros llegó por una charla casual. La dueña de tres estudios de Pilates tenía todo el dinero en una bolsa común: no sabía cuánto gastaba cada estudio ni cuánto le quedaba de verdad.
Fernando le armó agentes personalizados: uno de marketing que le sugería promociones teniendo en cuenta lo que hacía la competencia de la zona (por ejemplo, para el mes de la lucha contra el cáncer de mama), y otro que fue ordenando las finanzas estudio por estudio.
Fueron horas y horas de trabajo, entendiendo su Excel y sus notas. Y se lo cobró, claro.
De 2 horas y media a 15 minutos por presentación
El caso que más lo marcó fue el de un asesor del despacho con 20 años de carrera, muchos clientes y al que le va muy bien. Pero estaba saturado. Sus presentaciones se sentían viejas, le costaba armar estrategias y encima se frustraba intentando generar imágenes con ChatGPT y Nano Banana.
Fernando le construyó un portal con dos agentes que trabajan en cadena:
- El primero, conectado a la API de Anthropic, interpreta cada caso. Está alimentado con los productos que maneja el asesor, pero también con sus presentaciones y su forma de pensar el negocio. Con él arma la estrategia.
- El segundo, conectado a la API de OpenAI, recibe esa estrategia y genera la presentación con el estilo visual del asesor y sus frases de siempre. Antes de bajarla en PowerPoint o PDF, el asesor la puede editar en el mismo portal.
Resultado: la presentación sale hecha en un 80%, y lo que antes le llevaba 2 horas y media ahora le lleva 15 minutos.
Pero lo que más le quedó a Fernando no fue eso. Cuando le preguntó cómo le iba con el portal, el asesor no le habló del tiempo. Le dijo que le había devuelto el gusto por su profesión. Que ahora disfrutaba otra vez de ver a sus clientes.
Y encima ahora se lo recomienda a otros asesores.
Una app de inventario para el negocio de tequila
Otro proyecto salió de un problema familiar. Su hermano trajo un inventario enorme de botellas para vender en las catas de tequila, repartido entre Querétaro y Ciudad de México, y no tenía idea de cuántas había en cada lugar.
Fernando le armó una app de gestión de inventario: simple, visual, con reportes de stock por sede, costo por botella y ganancia. Y además un agente que recomienda tequilas según el gusto de cada persona.
«En la vida me hubiera imaginado haciendo esto», dice.
Su propia consultora
Todo eso lo llevó a armar su propio despacho de consultoría, enfocado en estrategia humana más inteligencia artificial. Primero entender a la persona: dónde se traba, qué le quita el sueño, qué la hace sentir torpe. Después, construir una solución a medida.
Su argumento es simple: no se trata de que el cliente se adapte a las herramientas que existen, sino de construir lo que ese cliente necesita.
El relojero y el martillazo
Hacia el final, Fernando contó la historia del relojero. Un hombre lleva un reloj caro a arreglar. El relojero lo mira, le da un golpecito con un martillo chiquito y le cobra mil dólares. «¿Mil dólares por un martillazo?». «No le cobro el martillazo. Le cobro saber dónde darlo».
Para él, con la IA pasa lo mismo. Una herramienta puede parecer simple, y cualquiera te puede decir «qué fácil». Pero lo que vale es saber dónde aplicarla. Y eso sale de la experiencia de cada uno de nosotros.
O, como lo dijo con otra imagen: el McLaren puede estar ahí, pero el que importa es el piloto.
Qué le diría al Fernando de hace un año y medio
Cerramos con esa pregunta. Su respuesta, en cinco ideas:
- Tené paciencia. Esto avanza a una velocidad que nadie termina de entender.
- No podés saberlo todo. Nadie lo sabe todo en este tema, y cambia cada rato.
- Empezá antes. Cuanto antes arranques, mejor.
- No te juzgues cuando aparezca el síndrome del impostor. Reconocelo, es normal, y seguí.
- No te menosprecies. El principal activo sos vos: tu experiencia, lo que sabés, tus ganas.
Conclusiones
La historia de Fernando no es la de alguien que sabía de tecnología. Es la de un emprendedor de 49 años, con mucha experiencia en su rubro, que un día se animó a abrir una puerta.
Le costó. Perdió noches, perdió plata y se frustró más de una vez. Pero hoy resuelve problemas reales para otras personas, cobra por eso y, sobre todo, se ve distinto.
Lo que más nos quedó de esta charla es que lo valioso no fueron las herramientas. Fueron sus 26 años entendiendo cómo piensa un cliente que tiene miedo de ahorrar, cómo trabaja un asesor saturado o qué necesita la dueña de un negocio con las cuentas desordenadas. La inteligencia artificial le dio la forma de convertir ese conocimiento en soluciones concretas.
Si sentís que te quedaste atrás, escuchá este episodio. Y si querés empezar a recorrer ese camino con otros que están en la misma, sumate a Pioneros IA.
